Hay un consenso cada vez más sólido entre los expertos de que Brasil es la nueva potencia mundial emergente. Tal vez sea así, pero deberá superar un obstáculo interno potencialmente fatal: el auto-convencimiento de su inevitable ascenso al club de las naciones más poderosas del mundo. Es una conclusión del panel "Brasil: una potencia en alza” en la Conferencia de las Américas de The Miami Herald y el Banco Mundial, celebrada la semana pasada.
Brasil está gozando de una buena racha. Las cosas andan tan bien que incluso el presidente Luiz Inácio Lula da Silva proclamó recientemente -medio en broma- que "Dios es brasileño”. Se espera que la economía crezca 5% este año; ha descubierto una de las reservas petroleras submarinas más grandes del mundo, y fue designado sede de la Copa Mundial de Fútbol 2014 y de los Juegos Olímpicos 2016, que darán a los brasileños una oportunidad única para promocionar a su país en el exterior.
La revista Time -con exceso de entusiasmo periodístico- calificó a Lula "la persona más influyente del mundo” y el semanario británico The Economist tituló en la portada "Brasil despega”, señalando que durante los próximos 14 años, ascenderá de su actual estatus de octava economía del mundo a la quinta mundial, superando a Inglaterra y Francia. Dos libros publicados en EEUU este mes -Brazil on the Rise, del periodista de The New York Times Larry Rohter, y The New Brazil, del profesor de la Universidad Johns Hopkins, Riordan Roett- coinciden con esas proyecciones optimistas.
En la Conferencia de las Américas se dijo que Brasil es un país previsible, que -a pesar de los cambios de gobierno- mantuvo sus políticas económicas durante los últimos 16 años, generando confianza y crecientes inversiones domésticas y extranjeras. La candidata del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula, Dilma Rousseff, que probablemente ganará las elecciones presidenciales de octubre, mantendrá ese rumbo económico, dijeron.
Sin embargo, varios panelistas señalaron potenciales peligros, incluyendo que la anticuada infraestructura, la baja calidad de la educación y el riesgo de que sectores radicales del partido gobernante quieran regresar a las políticas nacionalistas y estatistas si la nueva presidenta no tiene el carisma de Lula para controlar a la ultraizquierda.
"Veo un poco de triunfalismo en el Partido de los Trabajadores”, dijo Rohter, uno de los panelistas. "Hay casi orgullo desmedido, la sensación de que ellos inventaron la rueda, una falta de voluntad para reconocer el rol que jugó el boom de las materias primas en el éxito del país en los últimos 16 años. Pero no creo que el triunfalismo se imponga”.
Mi opinión: Advertí en mis recientes viajes a China e India es que esas potencias emergentes tienen algo en común: su convicción de que están detrás de otras potencias mundiales en casi todos los rubros. Al entrevistar a funcionarios chinos e indios, me impresionó su preocupación de que no avanzan en educación, ciencia y tecnología con tanta rapidez como otros países, y que se están quedando atrás. No he visto igual preocupación o humildad en los brasileños. Chinos e indios tienen una saludable dosis de paranoia constructiva, que los impulsa a progresar constantemente. Si Brasil adopta la misma actitud y evita la complacencia que traen tantas profecías del exterior sobre su inevitable ascenso, no llegará a convertirse en una de las principales potencias mundiales emergentes.
"BUENA parte de la población sigue viendo el futuro con escepticismo. Es que los brasileños ya no hablan de Brasil como el país del futuro, sino como de el quinto poder del mundo, una meta mucho más realista”.
