La llave de aquella Revolución prodigiosa ha pasado de generación en generación y la conserva cada francés. Unos la usan mejor que otros, pero en el fondo la foto es la misma siempre, porque estamos hablando esencialmente de Libertad. Visitar París en cualquier momento del año resulta siempre seductor, pero cada ocasión es distinta porque la Ciudad Luz parece redescubrirse a sí misma cada día. Y no hay capital europea donde el local o el forastero sienta en su piel con mayor intensidad esa libertad. Y si no, veamos: caminar por Roma, Londres, Berlín, Madrid o Viena resulta también placentero y, por supuesto, nadie se sentiría vigilado o perseguido. Pero es distinto.
Durante casi un año de residencia como estudiante en Roma observé de cerca la eterna búsqueda de algún grupo mafioso por parte de las autoridades y el compromiso de dar protección al Vaticano, de cuya seguridad se ocupa Italia. En Londres, uno percibe el celo inglés en dominar el control público sin conmover las libertades individuales. Más de cuatro meses de residencia en Berlín me demostraron la imposibilidad de que alguien me arrebatara la billetera en sus calles, porque el alemán conserva esa esencia casi marcial de vida, con su infaltable energía y respeto por los demás.
Por su parte, Madrid me enseñó durante muchos años que es una ciudad europea con otro reloj, y con sus días y sus noches imposibles de comparar. Y Viena, bellamente ordenada como pocas, invita a cuidarse de no cometer ningún error de tránsito o de convivencia pública, y en ese vigilar uno se siente ‘custodiado”. Pero en París es distinto. Si uno contempla a su alrededor, en cada sitio del señorial patrimonio francés, se percibe el corazón de la república y el alma de la Revolución Francesa, renovada en el tiempo: ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!
Sin embargo, Francia siente desde el 13 de noviembre de 2015 que también merecen un lugar en la memoria republicana, desde el profundo dolor y la impotencia por tantas vidas jóvenes truncadas, el teatro Bataclan, en el XI Distrito de la ciudad, el suburbio de Saint-Denis, el restaurante Petit Cambodge y los alrededores del estadio de Francia, donde una seguidilla de atentados terroristas (que se atribuyó la organización yihadista Estado Islámico) dejó 132 muertos y centenares de heridos.
Entonces, cabe preguntarse, por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, ¿Francia tiene miedo?, ¿Europa tiene miedo?
Y sí, aunque no lo admitan la Unión Europea y el propio presidente Francois Hollande, cuya reacción tras los atentados del 13 de noviembre y contra el semanario satírico Charlie Hebdo en enero de 2015, ha sido reconocida por los franceses como ‘intachable”. En esa línea recibió el apoyo de la UE, EEUU y Rusia, y entre otros europeos, del premier del Reino Unido, David Cameron.
Hoy, lugares de la cultura fueron el blanco de los ataques terroristas. Y también restaurantes y cafés. Esos casi románticos espacios que han sido testigos de tertulias, promesas de amor y hasta conspiraciones políticas o financieras, con hechicero olor a tabaco y a infusiones, fueron escenarios del horror, como nunca antes, como nadie imaginó, ni en la ficción. Hollande se apresuró a decir que la vida debe seguir igual en Paris: ‘los cafés, los restaurantes, los teatros, los conciertos trabajarán como siempre…” Pero no será tan así por mucho tiempo. Nadie puede negar que el francés tenga miedo hoy.
