
Don Ricardo Berger se ha parado digno en las puertas del cielo, como lo hacía en las mañanitas de aquella radio Colón líder en el país; bonachón el hombre, mansa especie de portero que esta vez aguarda en los portones del cielo la llegada triunfal de Horacio.
Se ha ido por el mejor sendero y con la mejor vida a cuestas, Horacio Lucero. Un ronroneo sentimental de automóviles en carrera lo acompaña (su debilidad); y casi seguro una llegada de la Doble Calingasta del amado Estadio del Parque de Mayo, que él cronometraba con una precisión admirable, la mayoría de las veces directamente desde los estudios de una radio, cuando los héroes del pedal, embarrados de aventura pero orgullosos aparecían en caravana de héroes por la entrada de calle San Luís, ex Las Mercedes.
Cuando uno se enteraba que los tiempos oficiales coincidían con los que Horacio había ya adelantado desde una especie de control virtual, no podía menos que admirar a este hombre.
Una ronda azulina para amasar los recuerdos lo espera por esas inmensidades donde bien merece estar por su bonomía y sensibilidad humana. Por nombrar algunos de tantos ilustres de la radiofonía: el Quito Bustelo, Don Eduardo Guido Chialela, Hugo Rodríguez, Néstor Páez, Guillermo Pereira, Santos Domingo Quinteros, Andrés Emilio Romero, Oscar Donaires, Beto Martín, Sarita Valle, Carlitos Trigo y tantos otros, junto a la troupe de los radioteatros y la sabiduría de don José L. Rocha, entregando magia desde su galera prodigiosa en el sótano, a puro lustre de su humildad, todos han armado para Horacio, sobre una forma de nube abarrotada de corazones, una mesa donde se brinda a risotadas de triunfo por la vida bien conseguida, el camino hecho sueños al andar; y, claro, ¡cómo no han de reír si la risa es alimento y es bueno engordar nostalgias cuando uno se junta con quienes ama! Son esas postas donde se corre el cansancio a un costado y nos rearmamos de jardines y anocheceres morados para confirmar el regalo de vivir; y dicen que esto también ocurre en otros sitios donde el alma se ha elevado por sobre el camino terreno para mirarse hacia adentro, hacer el gran balance y acariciar el final que siempre es feliz como ensoñación de colibrí.
Cada vez que paso por esa generosa puerta que con escalones de mármol conducía al glorioso sótano donde -casi niños y con guitarras humildes como antiguas plumas de escribir- soñábamos la música y los poemas primeros, me estremezco y me abrazo a la añoranza.
Desde ahora también veré cómo Horacio Lucero vuela alto por esos andamios de la dicha conseguida a fuerza de ser alguien que sembró señales todos esos días de Dios, todas esas bandadas de golondrinas que despegan desde micrófonos bien paridos, todo ese amor por lo que se elige como alimento y siembra.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
