Hacemos hoy el ingreso con Jesús a la Ciudad Santa donde se consumará el Misterio central del cristiano. Surge la pregunta: ¿Queremos entrar con él o no? El evangelio de la bendición de los ramos, comienza diciendo que "Jesús marchaba por delante subiendo a Jerusalén” (Lc 19, 28). En seguida al inicio de la liturgia de este día, la Iglesia anticipa su respuesta al evangelio, diciendo: "Sigamos al Señor”. Así se expresa claramente el tema del domingo de Ramos. Es el seguimiento. Ser cristianos significa considerar el camino de Cristo como el camino justo para ser hombres, que lleva a la meta, a una humanidad plenamente auténtica. Ser cristianos es un camino, o mejor, una peregrinación junto a Jesucristo, un caminar en la dirección que él nos ha indicado y nos indica. Pero ¿de qué dirección se trata? ¿Cómo se encuentra esta dirección? La frase de nuestro Evangelio nos da dos indicaciones al respecto. En primer lugar, dice que se trata de una subida. Esto tiene ante todo un significado muy concreto. Jericó, donde comenzó la última parte de la peregrinación de Jesús, se encuentra a 250 metros bajo el nivel del mar, mientras que Jerusalén -la meta del camino- está a 740-780 metros sobre el nivel del mar: una subida de casi mil metros. Pero este camino exterior es sobre todo una imagen del movimiento interior de la existencia, que se realiza en el seguimiento de Cristo: es una subida a la verdadera altura del ser hombres. El hombre puede escoger un camino cómodo y evitar toda fatiga. También puede bajar, hasta lo vulgar. Puede hundirse en el pantano de la mentira y de la deshonestidad. Jesús camina delante de nosotros y va hacia lo alto. Él nos guía hacia lo que es grande, puro; nos guía hacia el aire saludable de las alturas: hacia la vida según la verdad; hacia la valentía que no se deja intimidar por la charlatanería de las opiniones dominantes; hacia la paciencia que soporta y sostiene al otro. Nos guía hacia la disponibilidad para con los que sufren, con los abandonados; hacia la fidelidad que está de la parte del otro incluso cuando la situación resulta difícil. Guía hacia la disponibilidad a prestar ayuda; hacia la bondad que no se deja desarmar ni siquiera por la ingratitud.

Jesús "marchaba por delante subiendo a Jerusalén”. Si leemos estas palabras del evangelio en el contexto del camino de Jesús en su conjunto -un camino que prosigue hasta el final de los tiempos- podemos descubrir distintos niveles en la indicación de la meta "Jerusalén”. Naturalmente, ante todo debe entenderse simplemente el lugar "Jerusalén”: es la ciudad en la que se encuentra el Templo de Dios, cuya unicidad debía aludir a la unicidad de Dios mismo. Este lugar anuncia, por tanto, dos cosas: por un lado, dice que Dios es uno solo en todo el mundo, supera inmensamente todos nuestros lugares y tiempos; es el Dios al que pertenece toda la creación. Pero este Dios se ha dado un nombre. Se nos ha dado a conocer: comenzó una historia con los hombres. El Dios infinito es al mismo tiempo el Dios cercano. Él, que no puede ser encerrado en ningún edificio, quiere sin embargo habitar entre nosotros, estar totalmente con nosotros.

Al final del evangelio para la bendición de los ramos escuchamos la aclamación con la que los peregrinos saludan a Jesús a las puertas de Jerusalén. Son palabras del Salmo 118, que originariamente los sacerdotes proclamaban desde la ciudad santa a los peregrinos, pero que, mientras tanto, se había convertido en expresión de la esperanza mesiánica: "Bendito el que viene en nombre del Señor” (Sal 118, 26; Lc 19, 38). Los peregrinos ven en Jesús al Esperado, al que viene en nombre del Señor, más aún, según el evangelio de san Lucas, introducen una palabra más: "Bendito el que viene, el rey, en nombre del Señor”. Y prosiguen con una aclamación que recuerda el mensaje de los ángeles en Navidad, pero lo modifican de una manera que hace reflexionar. Los ángeles habían hablado de la gloria de Dios en las alturas y de la paz en la tierra para los hombres a los que Dios ama. Los peregrinos en la entrada de la ciudad santa dicen: "Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Saben muy bien que en la tierra no hay paz. Y saben que el lugar de la paz es el cielo; saben que ser lugar de paz forma parte de la esencia del cielo. Así, esta aclamación es expresión de una profunda pena y, a la vez, es oración de esperanza: que Aquel que viene en nombre del Señor nos traiga esta Semana Santa lo que está en el cielo. Por tanto, saludemos a Jesús que viene del cielo y pidámosle que su realeza de Dios entre en el mundo y así el mundo se colme del esplendor de la paz que necesita.