Promediaba casi la hora del discurso del Presidente ante la Asamblea Legislativa, cuando anunció el envío del proyecto de ley de legalización del aborto. No es nuevo este hecho. Año tras año, se intenta, sin éxito, reconocer legalmente al aborto como derecho de la mujer. Hasta aquí todo marchaba sobre carriles institucionales: el anuncio se daba en la Casa de las Leyes y con las reglas de la democracia. Tampoco es nuevo que existan sectores a favor y en contra militando sus ideas. Porque la democracia es eso: pluralidad de voces. Pluralidad que pide respeto al disenso, diálogo y espacios de debate, como herramienta privilegiada en sociedades que celebran la discrepancia.

He aquí el quiebre en el discurso presidencial que rozó tan de cerca con el intento de hegemonía cultural y pensamiento único. Tal vez por eso hizo tanto ruido cuando al fundamentar la presentación del proyecto sobre el aborto, el Presidente calificara como "hipocresía” el caer en debates como este. Aclaro que no es una cuestión semántica lo que llama mi atención. Simplemente, no alcanzo a entender a quiénes y por qué, calificó como hipócritas. Convengamos en un punto: las palabras nunca son neutras ni ingenuas porque están cargadas de destino y de mensaje. Siempre dicen algo a alguien. ¿Dónde está la hipocresía para el Presidente?

Una posibilidad estaría en negarnos a la legalización del aborto, cuando los abortos clandestinos son una realidad. "El aborto sucede. Es un hecho”, dijo el Presidente. Llama la atención el argumento utilizado fácilmente rebatible. Porque si bien es cierto que el aborto clandestino existe, que hay mujeres, sobre todo de los sectores más humildes, que mueren por esta práctica, también lo es que la mortalidad materna está relacionada con la pobreza y las brechas regionales. Legalizar el aborto no soluciona la pobreza ni la falta de acceso al sistema de salud de aquellas. El drama social del aborto pone sobre la mesa un tema de inequidad social, que no se resuelve legalizándolo. También hay que decir esto: no se soluciona el hambre eliminando comensales en la mesa. Esta costumbre tan argentina de negarnos a reconocer las causas de los problemas, nos lleva a esta encerrona.

Otra posibilidad es que la hipocresía a la que hizo referencia el Presidente, estuviera en la actitud de aquellos que defendemos las dos vidas. Ahora bien, para mejor entendimiento, aclaremos que cuando hablamos de hipocresía, nos referimos siempre, a personas, no a cosas. Porque la hipocresía es la falsedad que muestra una persona con sus acciones o sus palabras. Una idea, una convicción o un debate, no pueden ser calificados como hipócritas. He aquí una cuestión nodal: ¿qué nos vuelve hipócritas en este punto? ¿Qué pensemos distinto? Descarto la posibilidad de que se nos impute a quienes defendemos la vida desde la concepción, esconder en el placard algún aborto clandestino. Convengamos que la hipocresía es una inmoralidad, porque es hija de la mentira. No es falsía ni es inmoral animarse a pensar distinto y defenderlo. Es coraje, autenticidad y expresión de libertad interior. En ese sentido, nada ni nadie desde ningún atril, puede pretender acallar el mandato de nuestra conciencia.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo