Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús que dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomás respondió: "¡Señor y Dios míos!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!" (Jn 20,19-31).

Este domingo cierra la Octava de Pascua como un único día "en que actuó el Señor", caracterizado por el distintivo de la Resurrección y de la alegría de los discípulos al ver a Jesús. Desde la antigüedad este domingo se llama "in albis", del término latino "alba", dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días, o sea, hoy. El Beato Juan Pablo II dedicó este mismo domingo a la "Divina Misericordia" con ocasión de la canonización de sor María Faustina Kowalska, el 30 de abril de 2000. De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan de este domingo. "Al atardecer de ese mismo día": así comienza el evangelio de hoy. Para los hebreos, la tarde es el inicio de un nuevo día. Aquí, es el cumplimiento del día "primero", de "aquel día", que es el "hoy" de Dios. Ese día, las puertas del Cenáculo estaban cerradas. San Agustín explica que "las puertas cerradas no impidieron la entrada de ese cuerpo en el que habitaba la divinidad. Aquel que naciendo había dejado intacta la virginidad de su madre, pudo entrar en el Cenáculo a puerta cerrada"; y san Gregorio Magno añade que "nuestro Redentor se presentó, después de su Resurrección, con un cuerpo de naturaleza incorruptible y palpable, pero en un estado de gloria". Jesús muestra las señales de la pasión, hasta permitir al incrédulo Tomás que las toque. ¿Pero cómo es posible que un discípulo dude? En realidad, la condescendencia divina nos permite sacar provecho hasta de la incredulidad de Tomás, y de la de los discípulos creyentes. De hecho, tocando las heridas del Señor, el discípulo dubitativo cura no sólo su desconfianza, sino también la nuestra.

Tomás no estaba allí, por eso es por lo que, al anuncio de sus compañeros, exige ver las llagas y el costado. Quiere garantías, y tiene razón, porque Jesús está vivo y cambia todo. Tomás experimenta la fatiga de creer, al igual que nosotros. Había dicho: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Jn 20, 25). En el fondo, estas palabras manifiestan la convicción de que a Jesús ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas. Tomás considera que los signos distintivos de la identidad de Jesús son ahora sobre todo las llagas, en las que se revela hasta qué punto nos ha amado. En esto el apóstol no se equivoca. En ninguna parte del evangelio se dice que haya fe sin dudas. A los ocho días Jesús vuelve, no para ser aclamado por los diez que creen, sino para ir en búsqueda de aquel que duda: "Trae aquí tu dedo, extiende tu mano y toca". A Tomás le basta aquel gesto. La voz de Jesús no lo juzga, sino que le da coraje y lo llama. Hay agujeros en sus manos y una llaga en el costado: son los signos del amor. El Amor ha escrito su relato en el cuerpo de Jesús con el alfabeto de las heridas indelebles, como son siempre las del amor. De esas llagas ya no brota sangre sino luz y misericordia. Tomás pasa de la incredulidad al éxtasis: "Señor y Dios míos". La presencia del artículo "mío" en el texto griego sugiere la totalidad de pertenencia. La fe se profesa con la boca y con el corazón; con la palabra y el amor. El escritor francés George Bernanos (1888 – 1948) nos ha dejado una frase de gran contenido: "La fe es veinticuatro horas de duda, menos un minuto de esperanza". Las dudas en el ser humano existen, en cualquiera, pero hay que hacer fuerte ese minuto de confianza.

 

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández