El Benjazmin Rodríguez pidió cambio, salió de la cancha y se fue a jugar en esa Gran Liga, que jugaremos todos alguna vez. Allá lo habrán recibido el Pajarito Robledo, el Panza Quiroga, el Lito Pavía, el Huevo Gutiérrez, el Pico Quiroga, el Negro Yaya, mi hermano Daniel, por nombrar sólo algunos, de aquella formación que marcó una época en la Esquina Colorada. El "Capo”, como lo apodamos los más chicos, porque en verdad lo era en el cine Rivadavia, sabía poner cara de circunstancia cuando cuidaba que nadie se le colara. Los Rodríguez eran muchos, como casi todas las familias de por allí. Siete, cinco mujeres y dos hombres. El otro varón, el Chiquito, era de nuestra barra y de él he contado varias historias, de su pasado como el gambeteador más grande de nuestros potreros, el mejor para tinquiar las balitas, imbatible a las figuritas y a los trompos. A varios nos dejó con las caras largas, con las alforjas vacías, mientras él se iba con los bolsillos llenos de ojitos y figuritas, que nos "colichó” a los demás. Su padre, don Benjazmin, fue uno de los tantos gringos venidos de la madre patria, y que hicieron grande ese paraje de la Cereseto y San Miguel. Con cariño lo recordamos como el "Garra” y los "Garras o Benjas”, pasaron a ser sus hijos, y "las Benjas”, sus hijas, de quienes nuestra memoria recuerda sus rojos cabellos, su piel muy blanca y su recatada belleza. No se puede disociar a los Rodríguez del cine Rivadavia. Estaba sobre la Cereseto y su altísima pared final, detrás de la pantalla, daba a los fondos de mi casa. En épocas de malaria, con mis hermanos armamos un andamio, compuesto por dos catres apoyados entre sí, y sobre ellos una escalera que daba a uno de los ventanales de esa pared, y veíamos las películas por atrás. El Benja cortaba los boletos y se pasaba a la sala, donde había más de un centenar de butacas muy cómodas, cabe reconocer. A veces alguno aprovechaba el gran revuelo de pibes, se escabullía del control del Capo y entraba sin pagar. Pero no se había apiolado que éste lo había junado con el rabillo del ojo, y cuando ya habían entrado todos, tomaba una linterna, lo buscaba y rápidamente daba con el "colado”. Para eso, el Benja tenía una habilidad difícil de superar. Al costado del salón de entrada, había una escalera que llevaba al "pullman”, más propiamente el "gallinero”, adonde se acomodaban algunas parejas, que entraban en un intenso tiroteo no bien apagaban las luces. También estaba la sala de proyección, por lo general a cargo de don Rojas, con la colaboración de su sobrino Rodolfo Crubellier. Famosa fue la ocasión en que se quemó una película, el incendio se expandió a las máquinas y pronto ardió todo el reducto, pero no paso a mayores. 

Querido Benja. Chau, no te vamos a olvidar. No encontré mejor manera de recordarte que retratando un pedazo de nuestra historia, como fue el cine Rivadavia. Un favor, si lo ves a mi hermano Daniel, decile que lo extraño.

Por Orlando Navarro
Periodista