He leído muy buenas reflexiones referentes a la música que, en varias oportunidades, ha publicado Fray Luis Lenzi, en DIARIO DE CUYO. El último, titulado: "Música cromática y pintura musical" (del domingo 1 de octubre) me encantó, avivando así, esa atracción hacia la música que atesoraba en el desván de mi mundo interior. Los avatares de la vida me impidieron continuar con mi aprendizaje de piano (quise ser concertista). Pero no perdí esa fascinación que en un tiempo lejano sentía por la música interpretada en conciertos, óperas o ejecuciones en solos de piano, violín y otros instrumentos que llenaban esporádicamente algunos momentos de mi vida.
Trato de recuperar ese tiempo, "no perdido", porque otros intereses importantísimos llenaron mi existencia, por los cuales me sentí realizada. Disfruto de la música a través de lo que la tecnología, tan amplia, me ofrece. Es entonces cuando en la quietud y en el silencio de mi hogar me extasío escuchando música de autores tanto del barroco como del clasicismo.
Cada compositor tiene su impronta, ya que, inspirados por sus sentimientos, componen sus oberturas, sinfonías, sonatas, scherzos, y tantísimas obras musicales en las que se conjugan tantos instrumentos, ofreciendo a la perfección este arte, que en suma es el alma y el corazón del compositor.
Disfruto y agradezco a Dios que inspiró a estos personajes únicos e inigualables que hicieron de la música una maravilla, sea en tal o cual instrumento, que como incienso se eleva al cielo en signo de alabanza a Dios, primer músico, que creó la gran sinfonía universal en donde se conjugan la variedad de sonidos, formando la perfecta orquesta natural que embellece su creación.
Recordar a Beethoven, Mozart, Tchaikovski, Litz, Chopin, Schubert, J.S. Bach, Vivaldi entre otros, escuchando su música es entrar en un mundo mágico en donde la imaginación nos lleva por el sendero de la armonía, del amor y de la paz.
