El cura Brochero cabalgó a lomo de mula las Sierras de Córdoba, sirviendo al Señor.

 

Hoy más que nunca quiero expresarme adecuadamente y poder comunicar, con este mecanismo de la palabra que nos ha sido dado, la grandeza de un hombre, un gaucho, que horadó los cielos y llegó hasta los aposentos del Señor, con la simple herramienta de su innegociable amor por los semejantes. Hoy es venerado como un santo y hay tras de él una feligresía cautivada por ser un elegido de Dios, para enseñar cuál es el camino.

Las sierras de Córdoba, más exactamente en el valle que se extiende al oeste de las altas cumbres, el de Traslasierra, lo vieron ejercer su apostolado montado a lomo de mula, hundiéndose en cada rincón, en cada rancho, perdido en aquellas praderas por entonces abandonadas por el mundo civilizado.

Antes, José Gabriel del Rosario Brochero, había abrazado el sacerdocio con una convicción que lo convirtió en eficaz transmisor de la obra y palabra del Señor. Al poco andar, lo destinaron a esa región dominada por maleantes, desertores y un pueblo pobre y necesitado. Nada contactaba al valle de Traslasierra con el progreso.

El Cura Brochero aceptó el reto de evangelizar ese potro indómito, y hasta allí partió en larga travesía, a través de los inhóspitos desfiladeros por entre las montañas. La férrea determinación de su voluntad lo llevó a apearse en cada rancho disperso por ahí, y comenzó a conectarse con las privaciones, sueños, dudas e ignorancia de sus moradores. Nada tenía que ver esta realidad, con la que vivió en los comienzos de su sacerdocio en la Catedral de Cordoba. Pero pronto, en 1868 la epidemia de malaria lo acercó para asistir enfermos y moribundos de esa tragedia.

En esas duras jornadas, estreno Brochero su inclinación por ayudar a los que sufren y asistir a los más pobres e indigentes. Con esa preparación previa había partido hacia lo desconocido. Una vez comprobadas las carencias de esa población tan escasa como diversa, se enfocó en solventar sus necesidades materiales, pero con un único objetivo que como un sello marco su gestión pastoral. Enseñaría a esa humilde gente cómo conocer a Dios a través de los ejercicios espirituales, y así se iniciaran en las cosas del cielo. Ya tenía un plan, un propósito. Sabia como hacerlo, había material humano con quien trabajar, solo faltaban los recursos que lo hicieran posible.

Por Orlando Navarro
Periodista