Las festividades de San Juan, primero, San Pedro y San Pablo, después, despiertan en nuestra mente vivencias de un pasado que siempre nos parece hermoso. Y cuando me llega algún recuerdo, como este del señor Jorge Buenaventura Becerra, cultor de nuestro folklore, profesor de danzas, escritor, se me vienen en tropel esas memorias. Me los hizo llegar el doctor Juan Amorós, y con licencia de don Luis Becerra, que recogió aquel testimonio de su hermano, le tomo alguna de sus memorias, expresadas a modo de versos. "Con días de anticipación, juntábamos las basuras, ramas, palos, todo suma. Y hasta neumáticos viejos, cartón, papel, bien parejos, nos llevaban a la locura. Todos poníamos el hombro, porque la cosa era armar, en cada barrio, un altar, que era hacer el más grande fogón, que con mucha emoción, empezábamos a alzar. A ver cuál era el más alto, y hasta las doce aguantaba, sin que nadie los quemara de otros barrios vecinos.

Ese era el reto al destino y hasta una guardia se armaba. Se preparaban los juegos: las carreras de embolsados, las de tres pies, bien atados. Y el que quería hacerse el vivo, haciéndose el distraído, lo preparaba aflojado".

"Las travesuras, las picardías, parecían multiplicarse en esas noches mágicas. "Las niñas, por otro lado, con un huevo en la cuchara o con la aguja enhebrada, terminaban la carrera y quien salía primera, inocente festejaba.

Los grandes también hacían, las cosas para comer, churros, torrejas, también. Maní, pasas mantecados, todo estaba preparado con esmero y con placer. Antes de prender el fuego, unos camotes tiraban, para que ahí mismo se asaran y al terminar el fogón, el que no era remolón, con alguno se quedaba. ¡Qué lindo. Cuánta alegría! Nos podíamos quedar despiertos, hasta llegar mucho más tarde esa noche, donde todo era derroche, de alegría y bienestar. La gente grande bailaba, los vecinos eran hermanos, eso de darse una mano era siempre tan real, que todos querían festejar, desde el niño hasta el anciano. Fuegos artificiales, ¿qué tal? Tirábamos sal al fuego, de la gruesa, a puños llenos y tomados de la mano, a la ronda allí jugamos, hasta quedar sin resuello. La pucha, qué lindo todo, era una fiesta ejemplar, nadie quería faltar el veinticuatro de junio, y un compromiso seguro para festejar San Juan.

El veintiocho y veintinueve era San Pedro y San Pablo, no nos corría ni el diablo, ni la misma policía, ellos mismos ese día iban, también, celebrando". Y finaliza: "Che, Jorge Buenaventura, qué recuerdos me trajiste, no es para ponerse triste, porque todo ya pasó, aquel que así lo vivió, comprende lo que escribiste". A Luis y Jorge Buenaventura Becerra, les mandamos un agradecimiento por este lindo momento de añoranzas.

Orlando Navarro
Periodista
Autores: Jorge Buenaventura y Luis Becerra
Ilustración: Rodolfo Cruvellier