Muchas personas maltratan sin escrúpulos a los animales. Los crían en guetos a los que luego se da muerte en los mataderos, muchas veces de forma brutal; y su carne es consumida. O se los cría en laboratorios científicos para hacer experimentos con ellos. Se actúa como si los animales fueran una mercancía sin vida.

Por ejemplo el cazador se desliza sigilosamente por el bosque y se esconde en miradores de madera elevados para matar a tiros traicioneramente al animal inocente, el que habiendo sido muchas veces solamente herido, se arrastra como puede atemorizado y dolorido hasta perecer lastimosamente. O pensemos en el agricultor que esparce sus agentes químicos de combate contra la vida de los suelos, como por ejemplo los pesticidas, fungicidas, herbicidas y todo cuanto pueda obtenerse como medios de exterminación. Debido a todas estas intervenciones en la naturaleza, la vida de los suelos se convulsiona y luego se asfixia. Que los animales criados como animales de matanza pasen su existencia vegetando en establos indignos lugares, hasta ser transportados hasta el matarife, que acaba entonces con ellos brutalmente, es algo que al agricultor igualmente le importa poco. Su religión determina que los animales no tienen alma y que por tanto solamente son un factor económico.

Los crueles experimentos con animales se llevan a cabo en muchos lugares sin ninguna mala conciencia, porque los representantes de la religión de determinadas clases de personas afirman que los animales no tienen alma. Que únicamente son una mercancía, cuyo uso arbitrario está autorizado. ¿Cree esta sociedad grosera que esto y otras cosas quedan sin efecto? 

La desmesura y la falta de respeto ante el mundo animal, al parecer no conocen límite alguno. ¡Pero los animales sí que sienten! Su Creador es Dios, que les ha infundido el hálito de la vida.