La celebración del Día del Párroco, en honor a su patrono San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, nos motiva a expresar nuestra gratitud, como miembros de una comunidad creyente que valora la fecunda misión del párroco, en cada lugar en que éste se encuentre.
Varios sacerdotes pasaron por Santa Lucía como también en las demás comunidades. Hemos conocido y apreciado el carisma de cada uno de ellos, con sus cualidades y virtudes, que los hacen diferentes. Pero todos con un mismo ideal: enamorados de Cristo, de su Evangelio y de su Iglesia, pastoreando con amor y total entrega el lugar asignado, conduciendo así almas al Reino Eterno.
No se preocupaban solamente de lo espiritual, sino también de lo humano y material. Trataban de ayudar en sus necesidades temporales, en especial los sacerdotes de zonas alejadas.
Les vimos reír, sufrir y enjugar furtivas lágrimas, ante acontecimientos dolorosos de muchos de sus feligreses. Conocimos sus cansancios, decepciones y también sus grandes logros; pero siempre firmes respondiendo a su vocación.
Les hemos acompañado en sus enfermedades terminales, que sufrieron con estoicismo, movidos por el amor a Cristo Jesús, Sacerdote Supremo.
No pasaron desapercibidas sus debilidades, que hemos comprendido, porque era compensada por la creatividad, esfuerzo y entrega en su misión sacerdotal. Tenemos siempre en cuenta que son seres humanos. Sienten igual que nosotros, se equivocan y cometen faltas igual que nosotros. ¿Podemos juzgarlos, señalarlos o condenarlos?
Esta frase de San José María Escrivá de Balaguer, nos da una sabia respuesta: "Pon el manto de la caridad sobre el hombro de tu sacerdote".
Cada Parroquia es una gran familia, donde debe primar el amor, porque Dios es amor. Así lo expresa y lo manda San Juan, en el comienzo de su Evangelio.
Que en este día abracemos de corazón a nuestro párroco para que se sienta siempre hijo de una comunidad que lo ama, que lo apoya y que ora siempre por él.
