Señor director:
Mis padres tenían una pequeña finquita, por la San Miguel al Sur. Por eso le llamábamos "la casa del Sur". En sus portones, que aún están, topa la calle Balcarce, que lleva al club Del Bono. Teníamos por vecinos a ambos lados, a los Villalba y los Grandinetti. Allí nos íbamos a jugar casi todas las tardes con nuestros amigos del barrio. Al poco entrar se erigía una gran higuera, antes de comenzar la finquita de media hectárea de parral, y debajo de ella un chiquero. Nos trepábamos a la higuera y podíamos pasar tardes enteras consumiendo sus frutos.
Cuando las uvas ya estaban maduras, nos sentábamos con mi abuelo Francisco a comer uva con pan. Les aseguro que pocas cosas guardan mayor recuerdo de delicias, que esa combinación.
Mi abuelo, que a esa altura de los años ya rengueaba, se las arreglaba para distribuir al agua, cuando tocaba el turno. Y así le mantenía en orden la finca a mi papá, que se pasaba la mayor parte del tiempo en Iglesia, donde administraba en aserradero del cual era socio con un grupo de médicos, amigos suyos.
Rodeaban los parrales una hilera de frutales de todo tipo, por lo cual sólo con pensar en ir a "la casa del Sur", ya nos provocaba un diluvio de secreciones, que debíamos calmar antes de que se "nos rompiera la hiel".
Un día se murió una vaca. La encontramos con la panza arriba, muy hinchada. Mi padre ordenó que hicieran un pozo y la enterraran. Allí fue a parar el pobre animal, siempre con la panza arriba. Antes de echarle la tierra encima, a uno se le ocurrió pegarle con un pico, en el medio de la hinchazón. De inmediato salió del orificio algo así con un silbido, cada vez más fuerte, seguido por un chorro de un líquido sanguinolento que nos hizo huir despavoridos. Temíamos que la vaca explotara.
Jugábamos a los cowboys y a los indios. A mi gustaba ser "Gary Cooper", a otro "Alan Ladd", o "Jack Palance", al que jugaba de indio. Para eso combatíamos con revolver, arcos y flechas y disparábamos "a matar".
El escondite eran unos fardos de pasto que mi padre apilaba cuidadosamente en un galpón, y el asunto era tener la suficiente puntería para darle a los indios, cuando éstos aullaban, mientras saltaban de un fardo a otro. Claro que el indio que reconocía que le habían dado, tenía que caer tomándose angustiosamente de la herida por donde le había entrado la bala. Si no, se hacia el muerto y podía levantarse de improviso y terminar con nuestras vidas con un certero flechazo. Otro recurso, para tener derecho, al cual había que "cantar primero", era el tener a mano un supuesto arsenal de curitas, con las cuales sanar rápidamente las heridas y así entrar en combate en los segundos siguientes.
Con éstas técnicas, los combates podían prolongarse por varias horas, transcurridas las cuales decretar un ganador era un problema que ni los tribunales de La Haya podían resolver.
A propósito, hay un hermoso cuento del escritor español Jesús Esnaola Moraza, con el cual quisiera rematar estos recuerdos de tiros y flechas.
Cuenta que ya de viejo, uno de esos muchachos que de chico jugaban a los indios, se acercó al cajón donde velaban a un amigo de la infancia: "No sé por qué pienso en lo bien que se moría el condenado, doblándose sobre el estómago, cayendo de rodillas retorcido, hasta quedar muerto, bien muerto sobre la hierba del parque. Inmóvil. Hasta que nos acercábamos y le sacudíamos de los hombros, y resucitaba sonriente, borrándonos la cara de susto".
No sabría decirles, pero seguramente por el recuerdo venido, me acerco al ataúd donde descansa sereno, con las manos cruzadas un poquito por debajo del pecho y me inclino sobre él. Me acerco a su oído y le digo, "ya está bien de hacer el indio" y le sacudo los hombros. Hasta que me detiene su hijo. ¿Pero estás loco, viejo chocho? Y después me siento a esperar, aunque creo que no quieren que me quede, para ver la cara que ponen los demás cuando se levante.
Ilustración: Rodolfo Crubellier
