Señor director:

Recientemente se celebró por vez primera en la historia de la Iglesia Católica una “Jornada Mundial de los Pobres”. Ese evento sirvió para actualizar la acción asistencial de los creyentes, tan antigua como las colectas de San Pablo para la iglesia de Jerusalén, o el motivo relatado en los Hechos de los Apóstoles para instituir los primeros diáconos. 

Me intrigó siempre una frase de Jesús en la escena de aquella mujer relatada, con variantes, en los cuatro Evangelios que, en casa de Simón el leproso, rompió un frasco de alabastro y derramó sobre el Señor un carísimo perfume de nardo puro. Algunos se escandalizan de la magnanimidad de esa persona invocando las necesidades de los pobres. Cristo da la vuelta al argumento con el conocido “a los pobres los tendréis siempre con vosotros”; eso sí, “podéis hacerles bien cuando queráis”. Imagino que se trata de la clásica hipérbole semítica que en modo alguno justifica como muestra, las pasividades ante las carencias ajenas.

La doctrina cristiana no es dialéctica ni alternativa: pide generosidad en el culto y misericordia con los pobres. Pero la realidad es que a pesar de los famosos objetivos del milenio aprobados en Doha a comienzos de siglo, queda mucho por lograr en la lucha para superar endémicos umbrales de miseria.