Ernesto "Negro" Villavicencio.

 

Esa noche, fue uno de esos inesperados encuentros, en que te codeas, sin querer, con la gloria de los grandes de Cuyo. De la mano de Ernestito Villavicencio, tuve la ocasión de tocar con la mítica guitarra de su padre, el gran Ernesto Villavicencio, y se me ocurrieron estos versos, en su honor.

"Anoche tuve en mis manos, como un regalo del cielo, la guitarra que dejaste, para herencia del Ernesto. Sólo te voy a contar, que el pibe me la pasó, pues mi guitarra al sonar, muy fiero descarrilaba, y él me la reclamaba, pa’ sus cuerdas afinar. Entonces aproveché, la inesperada ocasión, de cantar algunas cosas, manoseando el diapasón, de esa guitarra famosa, que en muchas noches de ensueño, acompañara tu empeño e inspiración prodigiosa.

De allí salieron las glosas, para el San Juan de tus sueños. Y en otras orgullosa, te sirvió pa’ acompañar, allá en el Viejo Almacén, a los ‘mudos’ del gotán. El ‘polaco’ Goyeneche y don Edmundo Rivero, se lidiaban por tenerte, de guitarrista primero, y vos dejabas el sello, de tu inmenso bordoneo. 

Ella supo el devaneo, que tenías por luchar, por tu familia en afán, de mejorar el puchero. Por la mañana portero y por las tardes guardián, de autos en un lugar, como de estacionamiento, desde allí para San Telmo, rajabas para tocar. De veintitrés a la una, era el turno principal. Si alguien pedía más, eso era opcional. Vos aceptabas quedar, arriba del escenario, sin tener en cuenta el horario y pensando en tu familia, continuabas tu rutina, para engrosar el salario.

Así eran pocas las horas, que tenían para el sueño, en verano o en invierno, siempre andabas desvela’o. Pero a las seis el canda’o, en aquella portería, te daba los buenos días y vos medio adormecido, controlabas el pasillo, con toda la noche encima. También supe por la boca, de tu pibe aquella noche, que ese trajín y derroche, a vos te hizo extrañar. Esas noches de San Juan, con tus amigos del alma, meta asa’o y meta charla, con la guitarra y un vino, aquel aire sanjuanino, se llenaba de tonadas. Y así fue como empezó, en una tarde lluviosa, a tejerse la gloriosa, melodía de aquel vals. 

Decía que ‘caminar, por tus calles es lo que quiero, sentir el zonda, el lucero, el estar cerquita tuyo, ¡ay! mi ventanal de Cuyo, por mi sangre yo te quiero’. Me tenés que perdonar, haber contado tu historia, pa’ que sepan que la gloria, no se gana así no más. Que es muy duro el trajinar, por aquella gran ciudad, y solo con mucho afán, se puede llegar tan lejos, que de joven hasta viejo, sólo sirve laburar. Y ya voy a terminar, esos versos desprolijos, y fue culpa de tu hijo, de tu querido Ernestito, que estando en lo de Carlitos, nos trajo como si nada, para dejar en el alma, estos recuerdos sentidos. Para vos ‘negro’ querido, lo mejor de la tonada".

Orlando Navarro
Periodista