La cultura es el reflejo de lo social. Una construcción con rasgos tradicionales, ideas, conocimientos y costumbres que caracterizarán a un pueblo, en un momento histórico de la humanidad. No existe una sola expresión cultural que se presente como molde estático, sino variadas formas de manifestación, que es necesario tener en cuenta. La cultura “underground”, la de sótanos, la contradictoria a aquella cultura oficial o unilineal en la música, es un ejemplo de cultura no establecida. El tango y el rock, en sus inicios fueron los géneros de esta tipología cultural de suburbios, que en un primer momento nacen por necesidad de revelar una expresión de sectores sociales excluidos.
Con el devenir enfrentaron dos destinos diferentes, por un lado pueden haber desaparecido, a veces misturando, o se popularizaron de tal forma que se masificaron. En este último estadio lo reivindicativo es probable que haya desaparecido, dando paso a lo económicamente redituable. Pero también puede haber mantenido la línea original, demostrando que puede sobrevivir. El rasgo cultural es la unidad celular de esta construcción conformada por el hombre.
Ahora bien, cuando los elementos que se quieren incorporar a la cultural son materiales, pareciera que el camino a perdurar es menos dificultoso que cuando ese elemento es intangible. Esto es fácil de entender con el ejemplo de una vasija de culturas precolombina que sobrevivieron a los avatares climáticos y está ahí. Pero, una canción de los pueblos originarios, en sociedades aculturizadas como la nuestra, es imposible que sobreviva intacta.
El rol de la cultura oficial de un estado post moderno es cumplir con el papel de ser el continente convocante de todas las expresiones culturales. No es posible una diversidad cultural sin iniciativa privada. Los agentes culturales privados, no oficiales, deben seguir sobreviviendo para que la cultura se regenere, porque la cultura no es un ente estático. Entonces serán las asociaciones culturales, las agrupaciones tradicionalistas, entre otros, los gestores culturales individuales. Todos ellos hacedores de la vitalidad cultural. En tanto que la acción efectiva de los funcionarios es convocar y contener a todos estos actores para que asistan al cultivo y renovación permanente de la identidad cultural.
