Hoy he vuelto a la canchita de Ausonia. Esta foto me puso otra vez ahí, con su solcito, aromas, revuelo de pájaros, y esas caras imborrables de mi álbum íntimo. He vuelto a traspasar la barrera de ingreso e internarme por el caminito que bordeaba la cancha de básquet, primero y las de tenis después. Allí, donde el Dante Coradeghinino, se cansaba de invitarme a ver sus "clases’, para estacionar y correr, como un niño, y así ganarme un lugar entre los del primer partido. Esto de anotarse entre los privilegiados del primer turno, a veces ocasionaba sordas luchas entre los que llegaban juntos. Cierta vez observé que un compañero venía por el Norte de la Hermógenes Ruíz y yo avanzaba por el Sur. Apuré y tuve suerte, pues llegué primero a la puerta. Avancé y no encontré lugar en el primer estacionamiento. Pasé de largo y me fui al segundo, que estaba al costado de la cancha. Pero quien me precedía, no sé cómo hizo, si encontró lugar y me "primereó” para anotarse antes que yo. Su trayecto era más corto. Cuando llegué, le reclamé que en la entrada a las instalaciones yo estaba antes, pero me contestó que para él, lo que valía era llegar primero a la libretita donde anotaba el "Negro” Godoy. Me agarró una calentura digna de mejores causas. Me quedé masticando bronca, esperando el segundo partido. Al final, terminamos abrazados y riéndonos del altercado. Yo, agradeciendo por lo bajo a mis amigos, "la paciencia de tolerarme mis espinas más agudas, los arrebatos del humor, las negligencias”, como dice Alberto Cortez. Pero con ese espíritu íbamos a la cancha, donde había momentos que parecíamos conformar la "república de los niños”.
Porque el fútbol es eso. La premura o pasión por entrar a la cancha y darle a la redonda, más el lógico anhelo de triunfar. Todo esto provocaban pequeños desencuentros que se reeditaban, por ejemplo, al ir a "trancar” y una pelota dividida ponía en cuestión quien ponía la pierna más firme.Y la inmensa alegría de un gol, gritado con todas las fuerzas y ofreciéndoselo a una tribuna "de mentirita”, pero que estallaba en un grito virtual, que sólo el goleador escuchaba y le endulzaba los oídos. O el gol evitado por el arquero, que después de una atajada fenomenal se despachaba con un "seguí participando”, burlón, dirigido al delantero que volvía a ocupar su puesto, con el firme propósito de la revancha. Y el asado, las guitarras, y la entrega del entrañable "Pinocho” Ochoa, cantando tonadas hasta muy entrada la noche. Anécdotas que como me van cayendo las cuento, gracias a esta fotito que encontré en un cajón.
Aquí están, algunos de mis compañeros de los gloriosos años en Ausonia. Pero son muchos los que no están, y que me permitieron compartir aquellos inolvidables momentos.
"El tiempo es veloz, la vida esencial”, canta David Lebon, y aquello tuvo tanta vida, tanta pasión, y pasó tan rápido, que hoy son abrazos largos y muy sentidos los que quedan de esos dorados años, cuando como niños pugnábamos por anotarnos primero. A Carlitos Doña, abajo, al centro, de bigotitos, le dedico esta nota.
