"Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y contra Aarón en el desierto. Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos, pues nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud".
Esta cita contenida en el libro del Éxodo, del Antiguo Testamento, expresa la queja del pueblo hebreo contra Moisés, porque sentían hambre y cansancio en la larga travesía por el desierto. Moisés trató de calmarlos, diciéndoles que Dios había prometido estar cerca de ellos. Luego, dice la Biblia que oró al Señor y este les mandó el maná del cielo, con el cual saciaron su hambre.
Esta reseña, con las debidas licencias, porque no soy un experto en temas bíblicos, tiene como propósito exhibir cómo un pueblo desesperado es capaz hasta de pedir volver a la tierra de donde huyeron, aunque allí fueron esclavos. Prefería seguir en esa condición de sometimiento, a la situación de hambre que vivía ahora, marchando en el desierto.
La educación, único camino que protege al ciudadano de los peligros de mentalidades totalitarias, que sólo pretenden apropiarse de su misma dignidad como persona.
¿Será esa la condición humana? ¿Abandonar los sueños de libertad con tal de comer o satisfacer alguna necesidad? Puede que sí. De hecho, lo vemos a lo largo de la historia. Seres que resignan aún su propia libertad, con tal de que les satisfagan sus necesidades inmediatas. No importa ser libres, no importa estar bajo del yugo de un régimen que, abierta o solapadamente, los somete a una verdadera esclavitud, de la cual les va a hacer muy difícil salir.
"Te doy de comer, pero regálame tu libertad", sería la consigna del gobernante que asume la patriarcal decisión de otorgar lo mínimo para la subsistencia, con el objetivo de obtener el favor los ciudadanos y conservarse en el poder.
Son las consecuencias de una mirada efímera, de corto plazo, que aspira la satisfacción inmediata de las necesidades, aun a costa de que se lesionen sus derechos más elementales.
Esta categoría sumisa de la condición humana es característica de los pueblos a los que se adormece a fuerza de gratuidad y facilidades demagógicas. Es también demostrativa de la falta de escrúpulos de cierta clase dirigente, capaz de lesionar la dignidad de sus ciudadanos con el propósito de perpetuarse en el poder.
¿Qué se puede hacer para que ese pueblo se dé cuenta de que está resignando su libertad, nada menos? Ya lo vieron los grandes pensadores de la humanidad, y en nuestra historia aparecen hombres como Belgrano, Sarmiento y Alberdi, entre otros, abanderados de una consigna en cuanto a la capacidad de abrir los ojos: la educación. Único camino que protege al ciudadano de los peligros de mentalidades totalitarias, que sólo pretenden apropiarse de su misma dignidad como persona. Nunca serán excesivas las líneas que uno invierta en tratar de empoderar aquélla máxima, que pensaron nuestros próceres: educar al soberano.
Por Orlando Navarro
Periodista
