Terminada la vendimia que se repite año tras año. Allí, donde se conjugan el trabajo con el esfuerzo y la necesidad. Regados por la gota de transpiración con sabor a aromas de cepas. Los vendimiadores eran reconocidos por el patrón, con un almuerzo. Las empanadas y el asado coronaban la terminación de la "tarea cumplida". Y, cada uno se iba con dinero en sus bolsillos.

La historia es de la década de 1930. El escenario, un viejo caserón típico del antiguo Caucete, según testigos ya inexistentes, era de los afincados, Barilari y/o Pringles, que como costumbre, les hacían este almuerzo a sus peones, en cuyo transcurso se efectuaba la paga por la cosecha.

La familia vendimiadora se vestía con ropa dominguera. Eran ellos los encargados de invitar a los músicos y guitarristas, que mezclaban el folclore con el tango, los boleros y al final unas rancheras, para prolongar el encuentro hasta avanzada la noche. Las fichas de cada gamela llena, ese día se entregaba y el patrón las pagaba. No era mucho dinero. En esas épocas los cosechadores, como en la actualidad, eran hombres de trabajo, poco preparados para negociar, humildes y con caras de necesidad. Ellos aceptaban las reglas del juego, en las que casi siempre les tocaba perder.

El trabajo y el esfuerzo siempre fueron mucho. Pero ese día en el que se pagaba, les hacía cambiar por gestos alegres, algo contentos y un tanto esperanzados. La ilusión era que con ese dinero algo en sus vidas cambiaría, esperanzas de poco tiempo. Después o terminada la cosecha, empezaba el arado de la tierra, la limpieza de los surcos, y un tiempito más, la poda. Como eran fincas grandes, casi todo el año se trabajaba en esas tierras. También había que estar atento al regado, y no dejar pasar el turno y las horas que le correspondía a cada parral. Había que dejar en forma la cepa para que las uvas de cada racimo los volvieran a juntar, en la cosecha del otro año y la fiesta de paga.