Señor director:
En carnaval, los recuerdos de décadas pasadas avivan esas imágenes de baile. Cuando se dejaba que todo lo que uno tiene en su interior aflore y se de rienda suelta a la alegría, en donde uno se desprende de sus reprimidas y contenidas autocensuras, y es así que todo o casi todo está permitido, más cuando esos bailes llevan el anexo "de disfraces”. El hombre y la mujer se disfrazan, el cuerdo con botella en mano, lo hace de borracho, el tranquilo se pone el disfraz de agresivo, que muchas veces da miedo, vemos que la señorita Cándida viste el disfraz de caperucita roja, dejando ver una anatomía casi perfecta. La suegra siempre castigada nunca se salva y aparece como señora gorda con cara de mala, que el yerno domina. También están aquellos que bajo las vestimentas, ya sea una sotana o una cofia, expresan el rechazo a una u otra religión, total la censura como que no existe.
Mientras pasan los años, los disfraces y la gente van cambiando, años atrás las mascaritas y el antifaz uniformaban al disfrazado, hoy la tanga y la peluca o unos grotescos pantalones, nos marcan las diferencias, pero en definitiva tiene el mismo significado, porque detrás de un disfraz la inocencia es lo primero que se presume.
Aquí no existe la prohibición, ya que la realidad también se disfraza y se deja hacer, total estamos en carnaval, en donde el pomo reemplaza a la palabra, la espuma a la albahaca y la "bombita” de agua al sentido de la ubicación y en cierta forma sinónimo de agresividad.
El carnaval también es cultura. Una cultura con historia, donde la creatividad se expresa de distintas formas, el buen gusto, lo que raya lo grotesco o lo insolente, hacen un cóctel quizás necesario, como es necesario tener este tipo de fiestas populares para apaciguar las tensiones de una vida llena de problemas, porque mojarse hasta llegar a los baldazos, terapéuticamente es muy bueno, mejora el nivel de estrés y nos relaja mejorando, muchas veces nuestro mal humor. Los carnavales, sinónimo de "viva la alegría”, a pesar de todo ayudan al ser humano a regular sus penas y alegrías, a desinhibirse y atreverse a lo que en otros días no está permitido, y en donde los limites abren sus barreras para darle paso a ese carnaval y a sus bailes, en donde la elegancia y la presencia no importan o no cuentan, porque en definitiva cuando uno llega a su casa la ducha de un buen baño nos saca el carnaval del cuerpo y el disfraz de solo una noche y nos prepara para la diaria rutina, que allí no hay pito ni pomo que valga.
