Como en antaño, la imagen muestra la escarcha en la calle, algo común en San Juan en las estaciones otoño-invierno.

Ahora que veo que demoran los fríos. Que no hay nieve. Que peligra la provisión de agua, me acuerdo de aquellos tiempos. Cuando íbamos a la escuela, "patacón por cuadra", desde la esquina colorada hasta la Matías Zavalla. Así se llamaba entonces la moderna escuela que se levantó en tiempos de Perón, y que está en el frente Este de la plaza de Desamparados. Eran casi tres kilómetros por la San Miguel, recorrido que ni sentíamos y que hacíamos con la desprolija algarabía de los purretes de barrio. Éramos pibes, libres, ocurrentes, capaces de armar un juego con un palo y un piolín. Cualquier cosa se podía inventar con tal de consumirnos de a bocanadas la vida que brotaba por cada poro.

En esos tiempos de los años cincuenta, los fríos de invierno eran bravos de verdad. La temperatura orillaba como si nada los cero grados y eso lo notábamos más, cuando emprendíamos aquella marcha. Era tanto el frío, que al levantarnos ya mi abuelo nos tenía preparado el famoso y tan querido ladrillo caliente. O acaso unas brasas metidas en un tarro que después colocábamos debajo del pupitre. El ladrillo iba envuelto en diarios y al apoyar los pies en él, el calor nos embriagaba todo el cuerpo, que ni cosquillas nos hacia el invierno. El bracerito, nos esparcía un calor constante y sólido toda la mañana y que duraba hasta el mediodía, en que salíamos y ya sólo retornaban con nosotros unas cenizas muy tibias y con sabor a tarea cumplida.

Lindo tiempo aquel, en que la escarcha caía por entre las ramas secas de los árboles, mientras el agua de las acequias cristalizaba en un hielo compacto, que era el espectáculo de todas las mañanas, y la tentación era romper ese vidrio de hielo a pedradas. Aparte de hacer puntería, nos causaba un gran placer el momento en que la piedra impactaba y aquel cristal se partía en pedazos y dejaba descubierto el lugar por donde veíamos correr el agua. Presurosa hacia las viñas del Sur, donde los gringos que poblaron nuestro arrabal hacían cada vez más grande la patria, sin que entonces tomáramos cuenta de ello. Era natural ver a estos hombres con pala y azadón, abriendo el surco para que el rico manantial llegara a sus parrales. En la esquina estaban los compartos, que distribuían el agua del canal de la calle Cereceto, hacia abajo y hacia el Sur. Si usted pasa hoy por esa esquina, verá todavía resabios de esa estructura de hierro, que accionando una manivela torcía el rumbo del agua. Recuerdos de esos tiempos de sabañones en las manos y en las orejas, y la picardía de un compañero, que te las dejaba ardiendo de un tincazo y salía corriendo. Y uno siguiéndolo a los "champazos" detrás.