La publicación del libro "Capitalismo o Pobrismo", cuyos autores son el senador Miguel Angel Pichetto y el periodista Carlos Reymundo Roberts (Diario La Nación), pone en vidriera un tema recurrente en la historia de nuestro país y de la América latina, en general. Analiza, no exento de ironía, la situación por la cual el Capitalismo, inexorablemente conduciría a la explosión de la pobreza. Es un tema delicado, porque sobrevuela la intervención de la Iglesia en estos asuntos, a partir que ya definió, desde los tiempos bíblicos, su "opción por los pobres", como norte concluyente de su plan de salvación. 

Pareciera ser que la posición doctrinaria de la Iglesia contra el capitalismo, surge como consecuencia de la influencia de este pensamiento económico, para que la pobreza se extienda en el mundo.

Un reparto desigual de la riqueza, sería la raíz del problema, desde que el capitalismo fue adoptado como orientación económica por cierta cantidad de países, que lograron un palpable desarrollo económico. Y con el tiempo fueron ampliando la brecha con relación a aquellos que no adoptaron esas ideas.

Al final, todo se reduce a la condición humana de los individuos, no de las doctrinas. Éstas son buenas, cuando procuran el bien común dando a cada uno lo suyo.

El profesor de historia italiano Loris Zanatta, especialista en temas argentinos, sobre todos relacionados con el peronismo, ha llegado a sostener que "existe un populismo jesuita y América latina, pródiga en el surgimiento de líderes populistas de raíz cristiana, es su lugar elegido". Agrega que esta teología, torna en "enemigos del pueblo" a los que no coinciden con ella. 

Lo cierto es que entre tanta postura disímil sobre este asunto, advierto inexactitudes en la interpretación de las enseñanzas de Cristo. Por cierto que dijo "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico llegue a los cielos", pero también castigó, en la parábola de los talentos (Mateo, 25,14-30), al administrador infiel que no fue capaz de multiplicar la hacienda que dejó en sus manos, cuando hubo de marchar.

En mi opinión, esto debe interpretarse no con el sentido de riqueza material que todos conocemos, sino con el de la eficacia en la administración de bienes celestiales. Pero queda claro que el Señor no condena al que es capaz de arriesgarse y multiplicar sus bienes, que es justamente el corazón del capitalismo. Sí condena, al que con su afán de aumentar su riqueza, afecta el interés de otros, con lo cual lo estaría aprovechándose de éstos, supuestamente más débiles. De modo que del capitalismo no necesariamente deviene la pobreza. Al contrario, se complementan tanto capital como trabajo, si el poderoso da a su servidor, en pago, lo que por ley le corresponde. Así, trabajo y capital van de la mano. Uno sin el otro no sería posible.

Al final, todo se reduce a la condición humana de los individuos, no de las doctrinas. Éstas son buenas, cuando procuran el bien común dando a cada uno lo suyo, pero se desvirtúan cuando alguno de los factores de la producción avanza sobre los derechos del otro, menoscabándolos en sus legítimos intereses.

Orlando Navarro
Periodista