Ayer, 19 de febrero, se cumplieron 14 años desde que te fuiste, mamá. La casa, que hoy tampoco está, quedó vacía y en tu cuarto la cama, perfectamente arreglada, era como una parte tuya que miraba. También la biblia sobre la mesa de luz, junto al rosario y otras cosas que hablaban de tí. Un impulso superior me hacía ir sobre tu almohada y besarla. Cual si tú estuvieras. Observaba tus muebles, que en el silencio parecían preguntarme qué fue de ti. Qué fue de su dueña, como así los otros cuartos, las alacenas, el fondo, las parras, el frente y tu jazmín, que iluminaba de verde desde el jardín. En todos estos enseres yo te veía, mamá. Tu espíritu los sobrevolaba y mi mente volvía a registrar aquellos días en que lo llenabas todo con tu infinita ternura, tu sabiduría y esa férrea decisión de que "saldremos adelante". Con que nos convenciste que la vida era posible, más allá del hueco que dejó en nosotros la partida de papá, cuando éramos niños, el muy joven y tu más, todavía. Hoy, que pienso que tenías cuarenta años, cuando con cinco hijos debías hacerle frente a un futuro lleno de incertidumbre, me doy cuenta de lo grande que fuiste.

Indomable, firme y segura de lo que hacías, nos condujiste con mano de hierro en esos años de adolescencia, donde la ausencia de papá se hacía más notable al darnos cuenta la falta que nos hacían sus consejos, la seguridad de su mano aferrando la nuestra, cuando nos veía vacilar. Su presencia, en definitiva, que no sé por qué asocio tanto a la Villa de Iglesia, más precisamente Las Flores, donde teníamos una casa de campo y el dirigía un aserradero dedicado a la explotación de álamos. Hacia allí nos llevaba, en su Chevrolet, cuando llegaba el tiempo de las vacaciones, y fuimos felices. Muy felices, en esos pasajes que recuerdo como los más hermosos e inolvidables de mi niñez. 

En uno de mis retornos de esas visitas a la casa ya inhabitada, me fueron creciendo estos versos, que con acento de tonada, ensayé alguna vez en la casa de uno de mis hijos, en Jáchal, frente a Ernestito Villavicencio, el Turco Abdala, de "Los de Iglesia", y un par de amigos jachalleros. El mejor regalo, fueron las lágrimas que provocó en la señora de Ernestito, y que hizo que por un momento se me atragantara la voz. Aquí va, la titulé "Sin penas ni olvidos".

 "Ahora que ya no estás, madre te siento cercana. Cuando me hablas en sueños y te siento de mañana. Al visitar nuestra casa, ya con piezas desoladas, y beso tu almohada intacta, siento acaricias mi cara. Que sola ha quedado mi casa paterna, afuera el jazmín se muere de pena. Ya nadie la habita, nos fuimos yendo, de tantos afanes quedan los recuerdos. Veo llegar del norte, a mi tan querido viejo, con sus regalos del campo y su poncho de invierno. Hoy estarás con mi madre, junto al Señor en los cielos, y dirás con tu mano en su hombro, no fue en vano tus desvelos. Feliz infancia, nos dieron los dos, veranos de Iglesia, estampas en flor, recorridos queridos por aguas termales, ni penas ni olvidos dejaron mis padres…"

Por Orlando Navarro
Periodista
Ilustración: Rodolfo Crubellier