
Flaquísima y sonriente, algo débil, aunque ella intentó siempre no aparentarlo, Lucrecia Bullrich escribió el 26 de enero pasado su última nota en el diario LA NACION. Jamás dejó de trabajar a pesar de una enfermedad que se hizo más agresiva en los últimos años. Falleció hoy, a los 39 años.
Desde su casa, en una suerte de internación domiciliaria, se las rebuscó para montar una redacción a la vera de la cama, con el tubo de oxígeno a cuestas. Con un hilo de voz, disfónica, se las ingenió para obtener el último dato de una negociación salarial con algún sindicalista duro o el desafío a la Casa Rosada de algún gobernador rebelde.
Versátil como buena periodista de pura cepa, siempre predispuesta y bien informada, Lucrecia sacaba a flote cualquier nota. La política la apasionaba. Desde el sanatorio siguió al detalle el cierre de listas y las últimas elecciones. Hubiera soñado estar diez puntos para estar en la calle, trabajando. Quería estar.
Lucrecia ingresó a LA NACION en 2002 y dos años después se desempeñó exclusivamente a temas políticos. Cubrió el Congreso, la Casa Rosada, gremios, gobernadores e intendentes. Hizo de todo. Y siempre con el mismo entusiasmo y predisposición. Además, y como dicen en la jerga futbolera: siempre entregó notas redondas, con un foco claro y preciso, bien escritas y con algún sello distintivo que le sumaba atractivo al texto. Se divertía haciendo periodismo. Y lo hacía siempre de manera muy profesional.
Escribió en 2010 " Indec, una destrucción con el sello de los Kirchner", en coautoría con Francisco Jueguen. Hasta diciembre participó en programas radiales en CNN, Cultura y Radio Con Vos.
Sus sobrinos eran su devoción. Tenía 20 y uno en camino. Regalos de sus siete hermanas y hermanos. Quica, su mamá, era su respaldo. Totó, su papá, el anfitrión de las navidades más esperadas y multitudinarias, que nunca caían en Navidad. Maxi, su amor en los momentos más felices y los más difíciles de su vida.
