Hace unos días nos enteramos de la candidatura a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires del actor y polémico opinólogo Ivo Cutzarida, quién aspirará a ese cargo por la fuerza política de los Rodríguez Saá, ‘Es Posible‘. La candidatura llamó mucho la atención de los medios y, en particular, de la prensa amarilla, que se hizo eco del lanzamiento con una mezcla de sorna y entusiasmo por tener un tema para llenar hojas y minutos.
En su lanzamiento, Ivo comentó que lo habían llamado a participar y que había aceptado con gusto el convite. Además dijo: “Sé que fui la voz de mucha gente con el tema de la inseguridad”, tema en el que centrará su campaña. Adivine el eslogan. A veeeer, sí, es “Corta la Bocha” y exhibirá como su atributo central el sentido común, en su combate contra la inseguridad.
Las risas no se hicieron esperar y muchos tildaron de una locura que un candidato que sólo se destaca por ser mediático y por sus discutibles ideas sobre la seguridad ciudadana se postule.
Pero detengámonos un momento en los famosos y la farandulización de la política, cuestión que está detrás de este tipo de candidaturas.
Detrás de este fenómeno está la innegable importancia actual de los medios masivos de comunicación y su rol central en la instalación de figuras públicas. Hoy una parte importante de las campañas electorales, y de la política en general, se desarrolla en los medios, por lo que la lógica política y mediática se entrecruzan, con mayor o menor conflicto.
Esto genera dos fenómenos concurrentes: por un lado están los políticos, que necesitan aprender el lenguaje lúdico de los medios de comunicación, para tomar contacto con un electorado descreído y alejado de la política y, por otro lado, los famosos que “se meten” en política, intentando utilizar su fama para obtener votos.
Fenómeno 1: Los políticos en la farándula
Todos recordamos a De la Rua haciendo un papelón histórico en el programa de Marcelo Tinelli, confundiendo nombres y no sabiendo por dónde salir del set de TV. O el “Alica, Alicate” que potenció la candidatura de De Narváez en ese mismo programa, y que lo llevo a derrotar al propio Néstor Kirchner. Las visitas de Massa al programa de Fantino para dinamizar su campaña. O la promocionada relación entre Martín Insaurralde y Jessica Cirio como herramienta para esa misma elección. Los pesimistas hablan de la banalización de la política asociada a esas estrategias, y probablemente tengan razón. Lo cierto es que entrar a los programas de espectáculos es una jugadas de alto riesgo, que en algunos casos funciona. Es que los medios potencian el mensaje, y un dirigente puede ser catapultado hacia la fama o hacia la renuncia a partir de un adecuado manejo de los códigos mediáticos, o de la expuesta carencia de esas habilidades. La clave para los políticos es poder transmitir su mensaje político en lenguaje acorde a los medios. Es no diluir la política en el entretenimiento.
Fenómeno 2: Los famosos en la política
Para lograr obtener el apoyo de la ciudadanía y acceder a un cargo electivo importante, hay un primer requisito básico, los ciudadanos deben conocerte. Si no te conocen no hay forma de que te elijan. Y ser conocido no es fácil. Pensemos que, por ejemplo, muchos ministros tienen niveles de conocimiento menores al 20%. Imaginemos a militantes comunes, que a pesar de que se pasen años “caminando la calle” pueden seguir siendo absolutos desconocidos, porque sin los medios masivos de comunicación es muy difícil destacar.
Es que ser conocido es una ventaja, y en muchos casos ese conocimiento viene de otras áreas de desarrollo personal, y no de la política. Por eso, deportistas, artistas, médicos y hasta sacerdotes se hacen un lugar en las listas de candidatos. Y sus candidaturas, en muchos casos, son polémicas, y se habla mucho de ellas.
Hagamos un listado mínimo: Eduardo Lorenzo Borocotó, Palito Ortega, Héctor Baldassi, La Tigresa Acuña, Lole Reutemann, Miguel del Sel, Nacha Guevara, Gladys la Bomba Tucumán, Daniel Scioli y hasta Mauricio Macri, podrían enumerarse entre muchos otros.
Algunos pasaron sin pena ni gloria, otros dieron vergüenza ajena, y unos cuantos son partícipes centrales de la política argentina.
Y es que ser famoso no es pecado, y tampoco inhabilita para hacer política. La clave para ellos es transformar la buena imagen adquirida en su área de desempeño en capital político. La segunda clave es aprender que la política no se trata sólo de entretener, y que requiere de convicciones y arduo trabajo.
Por tanto, más allá de las burlas que despertó la candidatura de Cutzarida, debemos acostumbrarnos al fenómeno de los “famosos” incursionando en la política, por que ésa es una marca de nuestra época. Corta la bocha.

