Crimea, el balneario preferido de los jerarcas soviéticos y escenario de uno de los mayores acuerdos mundiales del siglo XX, es una espina clavada tanto en el corazón de Ucrania como de Rusia.

La república autónoma de Crimea, poblada por una mayoría rusohablante e históricamente vinculada a Rusia, celebra hoy domingo un referendo -declarado ilegal por Kiev- para decidir en las urnas si se independizan para luego volver al seno de la Federación Rusa.

La península, situada en la costa norte del mar Negro, es formalmente la única república autónoma de Ucrania.

Con una superficie de unos 26.000 km2 (1.750 menos que la isla de Haití), es mayoritariamente rusohablante.

Su importancia estratégica radica en que allí, en la ciudad de Sebastopol, está la principal base de la flota rusa en el Mar Negro, además de existir una fuerte identidad rusófila. La flota incluye medio centenar de buques de guerra -acorazados, fragatas, submarinos y dragaminas- y casi un centenar de aviones. La base alberga a 18.500 efectivos, (según datos de 2010) entre militares, técnicos y familiares.

Para colmo de males, el tratado por el cual Rusia utiliza esa base vence en el 2024, diez años que no significan mucho en términos de geopolítica y estrategia.

Su historia está marcada por las numerosas invasiones que ha sufrido a lo largo de los siglos y, más recientemente, por sus estrechos vínculos con Rusia.

Con el nacimiento de la URSS, Crimea se convirtió en república autónoma dentro de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Permaneció bajo control alemán durante gran parte de la II Guerra Mundial tras ser invadida en 1941, y solo al final de la contienda, fue reconquistada por Moscú.

El colaboracionismo con Alemania de los administradores tártaros de Crimea empujó a Stalin a diluir su estatus y convertirla, en 1954, en una región de la naciente República Socialista Soviética de Ucrania.

En aquellos años, la región cobró notoriedad internacional al convertirse la ciudad de Yalta en el escenario de la famosa conferencia de paz, celebrada en febrero de 1945 entre Winston Churchill, Joseph Stalin y Franklin D. Roosevelt que puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

La desintegración de la URSS a principios de los años noventa del siglo XX trajo consigo también la pugna por este territorio entre Moscú y Kiev. Si en 1992 el legislativo ruso aprobó una resolución que anulaba la cesión de Crimea a Ucrania en 1954, Kiev insistió en mantenerla bajo su control y tutela administrativa.

En 1994 celebró sus primeras elecciones presidenciales y el electo Yuri Meshkov apoyó públicamente la reunificación con Rusia y favoreció la adhesión a Moscú.

Ese mismo año, el Parlamento de Crimea votó mayoritariamente por la restauración de su Carta Magna, aprobada en 1992 y poco después anulada por la Justicia ucraniana.

Las tensiones entre el gobierno de Crimea y Kiev provocó finalmente la abolición de la presidencia de Crimea y el control por el gobierno ucraniano desde 1995. El presidente ucraniano Leonid Kuchma ahogó además las aspiraciones secesionistas y firmó la legislación pertinente para que Crimea pasara a estar bajo estricto control del gobierno de Kiev.

La Constitución de 1996 dotó a la región de cierta autonomía pero impidiendo cualquier legislación contraria a la administración ucraniana. Hoy votan para abrir paso a su regreso a la tutela rusa.